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Empezar por el título

 


Es curioso pero no hace mucho, hace tan sólo unos meses, sentada en mi sillón de pensar -es el sillón perfecto para esto- me vino como una estrella fugaz resplandeciendo por el espacio vacío de mi mente un título para el libro. Sí, así, de la nada... Mientras quizás le daba vueltas a algunas de las fotos que conservo frente a mi sillón, me inspiran y que conforman un vision board que tengo en mi despacho, a la vez que en ese frenesí de mis pensamientos, me asaltan capítulos o episodios, recuerdos de mi vida pasada y lecciones que he aprendido en consecuencia en todo este tiempo. Ahí, en ese espacio de lluvia de ideas, de susurros de musas, me vino... De repente, sin avisar. 


Me pareció genial la idea, he de decir. Pensé en ese momento, si algún día escribo un libro, se tiene que llamar así. Por eso, me acerqué inmediatamente a la mesa del escritorio, cogí un post-it lila (cómo no) y lo apunté con mi mejor letra. Mientras lo escribía me reafirmaba en mi genial idea. Lo tenía todo, tenía literalidad, sonoridad, metáfora. 

Pero no se quedó ahí. Mi mente me gritó, aulló de nuevo. Escucha Marian, tienes que escribir un segundo libro, que se va a llamar así... Así es como lo vamos a hacer, me dijo claramente esa voz no identificada de mi subconsciente. Y apunté también en ese mismo post-it el otro título, el de mi segundo libro, debajo del título del primero. Casi ná. Ya tenía un plan. 


Entonces lo tomé en la mano y a decir verdad lo camuflé timidamente entre las fotos y otras notas que tengo en el tablón de corcho donde conservo mis ideas, recuerdos o "manifiestos-mantras". Hace meses tenía ya el propósito, algún día... pero claro, hoy tengo el convencimiento. Lo abandoné ahí, a su suerte, a la fortuna tal vez de que se asomara tras los otros papeles que pegué. Lo escondí para mantenerme a mi misma el secreto, preservado a ojos ajenos, celosa de mi ocurrencia. 


Estos días de verano, cuando me he sentado con la firme convicción de escribir, he comenzado trabajando en ideas, recortes aquí, allá de historias que quiero contar, pero partiendo de cero. Siempre se dice que el título es lo último que se pone, una vez redactada la novela. Se relee, se corrige, tal vez el editor te sugiere algún título y se le da forma. Además, curiosamente, soy de esas periodistas que el titular del reportaje lo cambia ene veces y no lo tiene claro. Siempre necesitaba la opinión de algún compañero. Esa validación


Pero paradojas de la vida, aquí me tienes. Hace escasos días hablando con una persona de luz, sabia y serena, que me miró a lo hondo de mi alma y me dijo, Marian, tienes que escribir, déjate guiar. Puedes sentarte a escribir sin saber qué saldrá, escritura automática le llaman. Muchas veces me he empeñado en este blog en tener la estructura, el guión como os he contado anteriormente. Y esto me creaba cierta incertidumbre, me generaba presión a mi misma. Sin embargo, esta mujer me habló al corazón y mi mente -el subsconciente de nuevo- se fue rápidamente volando a mi despacho y apartó los papeles que ocultan ese dichoso post-it donde tengo el título de mi libro. Y no hay otro título posible... es ese, lo tengo clarísimo. Ahí estaba mi respuesta. 

Estas revelaciones casi místicas, mágicas, que algunos llaman inspiración o musas creativas, son las certezas que tenemos cuando nos sentamos a escribir desde las entrañas. Es esa magia la que fluye, esa escritura automática de la que ella me hablaba y ya había experimentado ya desde mi niñez. Por eso, obediente yo, he comenzado a escribir sin más equipaje que un título, que un sentimiento que me inspiró ese mismo título. Ahora mismo no tengo claro donde son los giros argumentales, las tensiones, los perfiles de los personajes, sus nombres, qué les gusta... He comenzado sencillamente a escribir de nuevo, con un encabezado en el folio en blanco y es el título de mi novela. 

Lo sé, lo sé... estáis esperando que lo revele aquí. Pues no, lo siento mucho. El título es un secretito que me guardo. Si la magia me guía y las musas quieren, ya lo leeréis cuando esté terminado. Prometo no esconderlo tras otro montón de papeles. 

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